Fernando III el Santo - Biografía

ReinaSiglo de las cruzadas

La figura de San Fernando destaca con relevancia en el marco del glorioso siglo XIII, el siglo de oro de la Cristiandad, siglo de las Cruzadas, de las Catedrales, de las Universidades, de las Sumas, que cobijó a personajes insignes. 

Cuando nace Fernando, la Iglesia estaba gobernada por Inocencio III, uno de los Papas más insignes de todos los tiempos, que concebía a Europa como un conglomerado de pueblos –la Cristiandad– bajo su tutela espiritual. Empuñó el timón de la Iglesia con magnanimidad y señorío, plenamente consciente de representar como vicario nada menos que al mismo Jesucristo.

A la sombra de Dña Berenguela

Según las crónicas de la época, la madre de Fernando, mujer de Alfonso IX, lo habría dado a luz en pleno monte, entre Zamora y Salamanca, en el año 1201. Durante aquellos tiempos tan andariegos, la corte se trasladaba con frecuencia de un lugar a otro. En el transcurso de alguna de aquellas mudanzas vio la luz nuestro Santo. 

Transcurrió su primera infancia en Galicia, mientras Berenguela aún era reina de León. Pronto se mudó a Castilla, con su madre y sus hermanos, permaneciendo en la corte castellana. 

Doña Berenguela, hija de Alfonso VIII de Castilla, era prima del padre de Fernando. Dado que dicho parentesco implicaba un impedimento canónico, Inocencio III, había declarado disuelto el matrimonio, por lo que los padres debieron separarse, tras seis años de estar unidos. Berenguela retornó a Castilla, a la corte de Alfonso VIII. Fernando permaneció con su padre. Un tiempo después, cuando Fernando tenía cinco años, Inocencio III subsanó el impedimento, declarando legítima la prole surgida de esta unión.

No se puede hablar como corresponde acerca de Fernando si se pasa por alto la figura admirable de su madre, doña Berenguela, hija mayor de Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de Inglaterra. Las crónicas de la época la califican de prudentísima, sapientísima, reina sin par, espejo de toda España. «Esta es –dice don Lucas, obispo de Tuy– la que dilató la fe en Castilla y León, la que reprimió los enemigos del Reino, la que edificó magníficos templos y la que enriqueció las iglesias». 

Una de las hermanas de Berenguela, fue también una mujer fuera de serie, Blanca de Castilla, quien se desposó con Luis VIII de Francia, dando a luz a San Luis, ese otro gran rey, primo, por consiguiente, de Fernando. 

Destaquemos la preocupación de su madre por iniciarlo en la grandeza de corazón, en la magnanimidad, y ello desde sus primeros años. Nos dicen las Crónicas que el tiempo que Fernando no empleaba en la devoción o en las armas lo ocupaba en leer historias de los antiguos héroes, para aprender de ellas acciones que imitar, y errores que eludir, con lo que fue inclinado a imitar las virtudes de los reyes que lo habían precedido, y evitar sus vicios, para llegar a ser un príncipe cabal.

Pasó su niñez y adolescencia, leyendo y admirando a los guerreros de las Cruzadas, especialmente a sus antepasados, como ya hemos indicado, lo que iba consolidando cada vez más en su interior el ideal caballeresco. Entendía que una de las obligaciones más importantes de un príncipe cristiano, según las leyes de la caballería, era socorrer con sus armas los designios espirituales de la Iglesia, no fuera que los enemigos del nombre cristiano, viendo a la Iglesia carente de poder, la ultrajasen con la violencia. En otras palabras, de lo que se trataba era de poner «la fuerza armada al servicio de la verdad desarmada».

Tenía unos diez años cuando escuchaba embelesado el relato del triunfo alcanzado en las Navas de Tolosa, bajo la conducción de su abuelo Alfonso VIII, el padre de doña Berenguela. El rey árabe Miramamolín, rodeado de tropas ligeras formadas por árabes, bereberes, almohades, etc., estaba atrincherado, con sus grandes dignatarios, en lo alto de una colina, dentro de un cerco de estacas, unidas por gruesas cadenas. Refiere la Crónica que habiendo avanzado los musulmanes casi hasta el lugar donde se encontraban el rey de Castilla y el arzobispo don Rodrigo, y comenzando a cundir el desaliento entre los cristianos, dijo el rey al arzobispo:

«–Arzobispo, arzobispo, yo e vos aquí muramos.

–Non quiera Dios que aquí murades, respondió el prelado, antes aquí habedes de triunfar de los enemigos».

Lanzose entonces el rey al contraataque llegando a pasar por sobre las cadenas. El jefe moro logró escapar, pero cayeron casi todos los nobles, sus enseñas y cuantioso botín. Al leer estas cosas se le enardecía el corazón al joven Fernando, deseando emular dichas gestas.

SanFernandoIIIespadaRey de Castilla

En 1214 murió Alfonso VIII, el padre de doña Berenguela. La corona de Castilla recayó entonces en Enrique, hijo de Alfonso, que apenas tenía once años de edad. Como hermana mayor, y por indicación de los nobles, doña Berenguela asumió la tutela del nuevo rey de Castilla, Enrique I, gobernando con plena aceptación de todos. Pero un revoltoso, Álvaro Núñez, de la familia de los Lara, se impuso sobre ella, tomando la tutela de Enrique y el gobierno del reino. Enrique, que se sentía prisionero, murió poco después en un accidente.

Por aquellos años, Berenguela que estaba separada de Alfonso IX, al enterarse de la muerte de Enrique, como hija mayor de Alfonso VIII y hermana del rey fallecido, creyó que debía asumir la corona de Castilla. Envió emisarios a Alfonso IX, con el encargo de decirle que tenía grandes deseos de ver a su hijo Fernando, ocultando al rey la muerte de Enrique.

Don Fernando llega, así, a Castilla, contaba a la sazón 16 años. Berenguela pensó que había llegado la hora de su hijo. Reunidos los nobles y el pueblo, se hizo jurar por Reina de Castilla, e inmediatamente renunció al trono en favor de su hijo, don Fernando. Enseguida los nobles pasaron a la iglesia donde con gran pompa los obispos ungieron al joven. Era el 1º de julio de 1217. Castilla ya tenía rey. Se llamaba Fernando III.

Irritado Alfonso por lo que creía una burla de Berenguela, marchó con su ejército hacia Burgos. Su hijo le escribió, entonces, una carta conmovedora que hizo reaccionar al rey. Conmovido el rey, se disculpó de su agresividad, diciéndole que había entrado en combate para resarcirse de una deuda que con él tenían los castellanos. Se le dio lo que pedía, y el monarca de León se retiró, quedando todo en paz. Fernando ya estaba firme en su trono.

Una esposa a su medida

Dos años después de que Fernando ascendiera al trono, Berenguela pensó en su matrimonio, eligiéndole como consorte, previa aprobación de su hijo, a la infanta doña Beatriz de Suabia, nieta del famoso emperador cruzado Federico I Barbarroja. Ocupaba entonces el poder en Alemania el joven Federico II, rey desde 1215. Don Rodrigo, arzobispo de Toledo, describe a la princesa alemana como «muy buena, hermosa, juiciosa y modesta». Imaginemos el encuentro de Fernando y Beatriz en Burgos, con toda la corte presente para el gran acontecimiento.

Tres días antes de las bodas, Fernando recibió el Orden de la Caballería en el monasterio de Sta. María de la Huelgas. Ya desde el siglo anterior, era costumbre que los nobles de nacimiento se hicieran armar caballeros. La nobleza sola parecía insuficiente sin la caballería. Siguiendo el ritual establecido, la víspera del día señalado Fernando veló las armas en el monasterio de Las Huelgas, no lejos de Burgos. Tras lavarse el cuerpo y purificar el alma con la confesión, pasó la noche entera en el interior del templo, a ratos de pie, a ratos de rodillas, en oración sostenida, ya que

«la vigilia de los caballeros –según se lee en un viejo texto– non fue establecida para juegos, sino para rogar a Dios que los guarde, e que los enderesce, e alivie, como a omes que entran en carrera de muerte».

Llegado el amanecer, el Obispo celebró la misa solemne, fue revestido de las armas y prendas propias del caballero, que durante la noche habían permanecido depositadas sobre el altar.

Varios años después, en 1230, murió Alfonso IX, camino a Santiago. En su testamento había dejado por herederos del reino de León a dos hijas de su primer matrimonio, doña Sancha y doña Dulce. El testamento era nulo ya que, años atrás, Fernando había sido jurado como heredero legítimo. Doña Berenguela se las arregló para que todo se hiciese por las buenas, conviniendo en que tanto Sancha como Dulce renunciasen a sus presuntos derechos, a cambio de una vitalicia suma anual de dinero. Así, don Fernando asumió la corona de León, uniéndola ya para siempre con Castilla, por lo que fue recibido con grandes festejos en todas las ciudades de sus nuevos dominios.

Doña Beatriz le daría a Fernando diez hijos. Murió en 1236, siendo enterrada en el monasterio real de Las Huelgas. Fernando III, que a la sazón tenía 35 años, se casó de nuevo. Esta vez la esposa vendría de Francia, Juana de Ponthieu. La boda tuvo lugar en 1237. Juana sería, como Beatriz, una esposa fidelísima a Fernando, quien la llevaría siempre en sus viajes y a quien amaría entrañablemente. Le dio cinco hijos más.

acaballoUn caballero magnánimo al servicio de un Rey, Jesucristo

Buena parte de la vida de Fernando, ya rey, transcurrió a caballo, en los campos de batalla. Fue allí, como caballero sin tacha, donde alcanzó la cima de su grandeza e incluso de su santidad. Para comprenderlo mejor será preciso recordar el momento histórico que le tocó vivir. Por aquel entonces, el mundo islámico era la frontera que lindaba con la Europa cristiana, un mundo poderoso, en plena expansión. El arco musulmán iba desde la mitad inferior de España, pasando por el África septentrional hasta el Medio Oriente, e incluso algunas regiones de la India. En el resto del mundo conocido, se presentía la amenaza de la invasión mogola de Gengis Khan hacia el sur –China– y hacia el oeste –Rusia–. Era principalmente Europa la que debía afrontar el peligro de la presión musulmana. En este contexto cobra todo su sentido el ideal caballeresco, así como la gesta de las Cruzadas, que fue su expresión más excelsa.

Como se sabe, las Cruzadas no se limitaron a la reconquista de los Santos Lugares, hollados por el enemigo frontal de los cristianos que allí moraban. También los reinos hispánicos, que tenían fronteras con el Islam, invasor de la patria visigoda, se habían levantado en armas para emprender su cruzada local, solicitando de los Papas los mismos favores espirituales de que gozaban los guerreros que se dirigían hacia el Oriente. Al mismo tiempo que los españoles luchaban por la Reconquista de su tierra ocupada, numerosos monjes, mercaderes y guerreros, provenientes de allende los Pirineos, recorrían el camino de Santiago, afincándose a veces en algunos de los puntos de su trayecto, o contribuyendo a la formación de numerosas abadías.

Era rey, pero se sentía incómodo, porque el ardor guerrero había decaído. Un día, inesperadamente, convocó a los suyos, y les propuso un plan que dejó boquiabiertos a los cortesanos: retomar la guerra contra el moro. Dirigiéndose a su madre le dijo:

«Queridísima madre y dulcísima señora: ¿De qué me sirve el reino de Castilla que me disteis con vuestra abdicación, y una esposa tan noble que me trajisteis de tierras lejanas y está unida a mí con amor indecible; de qué el celo con que os adelantáis a todos mis deseos, cumpliéndolos con maternal amor antes de que yo los haya concebido, si me enredo en la pereza y se desvanece la flor de mi juventud sin fruto, si se extinguen los fulgores del comienzo de mi reinado? Ha llegado la hora señalada por Dios omnipotente en que puedo servir a Jesucristo, por quienes los reyes reinan, en la guerra contra los enemigos de la fe cristiana para honor y gloria de su nombre. La puerta está abierta y expedito el camino. Tenemos paz en el reino; los moros arden en discordias. Cristo, Dios y hombre, está de nuestra parte; Os suplico, madre mía, a quien debo todo cuanto tengo después de Dios, me deis licencia para declarar la guerra a los moros».

Dedicose, pues, a organizar su ejército, para luego dirigirlo con eficacia. Ninguno más diestro que él en preparar a sus tropas, aconsejándoles que se ejercitasen permanentemente en las armas para encontrarse preparados en la ocasión; ninguno más cuidadoso en prevenir a sus soldados de riesgos innecesarios; ninguno más ingenioso en detectar las tácticas del enemigo; ninguno más valiente en el combate, y ninguno más constante en perseverar hasta la consecución de la victoria. Cuando se dirigía a la guerra, llevaba a sus hijos consigo de modo que se fuesen iniciando en el manejo de las armas, lo que constituía un ejemplo para los nobles.

En muchas ocasiones, convaleciendo de alguna enfermedad, salía prematuramente al combate, sabiendo cuánto implicaba su presencia para acrecentar el coraje de los suyos. Su camaradería era proverbial, llegando a cumplir turnos de guardia con los demás soldados, dispuesto a padecer las mismas incomodidades que ellos para hacérselas fáciles y llevaderas. Abrazaba efusivamente y con admiración a los soldados que habían dado muestras de valor, cualquiera fuese su grado, limpiándoles con su mano el sudor y la sangre. Los frecuentaba en sus cuarteles, y si caían heridos, los visitaba en los hospitales, donde los atendía como un padre. Era un verdadero caudillo. 

No podemos detenernos en la descripción de todas sus campañas militares, ni en la consideración de sus diversas estratagemas. 

cruzada

 


Una cruzada victoriosa

En cierta ocasión se aproximó a Valencia, ocupada entonces por los moros. Su rey, Benzuit, temeroso de entrar en guerra, le propuso encontrarse en Cuenca, donde el jefe católico había establecido su cuartel general. Fernando le recibió cortésmente, permitiéndole sentarse junto a él, bajo el mismo dosel. El moro, profundamente impresionado por tan caballeresca recepción, le ofreció perpetuo vasallaje y se volvió a Valencia. Hasta se llegó a decir que poco después se hizo cristiano. Algo semejante acaeció con motivo de su entrada en Andalucía. En dicha ocasión, se le presentaron varios emisarios de Mahomad, rey de Baeza, informándole que estaban prontos para rendir la ciudad, ponerla bajo su obediencia, y asistirle con dinero y armamento contra los que le hiciesen resistencia. Porque Fernando no amaba la guerra por la guerra. Cuando podía vencer con otros medios, no dudaba en hacerlo. A estos dos reinos, el de Valencia y el de Baeza, los ganó sin sangre, pasando a ser tributarios suyos.

Curiosa fue la conquista de Córdoba, en el año 1236. Esta ciudad ya no era la urbe poco menos que imperial de la época gloriosa del Califato y de los Emires, si bien aún conservaba algo de su antiguo prestigio. Hallábase Fernando muy lejos de aquel lugar, en Benavente, provincia de Zamora, cuando le llegó un perentorio mensaje del sur: uno de los barrios orientales de Córdoba había sido tomado por un puñado de hombres, que pedían urgentes refuerzos para completar la toma de al menos un sector importante, en donde se hallaban la Mezquita y el Alcázar. Cerrando sus oídos a los consejos de los cortesanos que querían disuadirle de esta campaña, en razón de las lluvias y del muy dudoso éxito de la empresa, el rey ensilló su caballo y se dirigió hacia esa Ciudad a galope tendido, en compañía de sus caballeros, «poniendo toda su esperanza en Cristo», como se lee en la Crónica latina.

Tras diversos avatares bélicos, el príncipe Abulal Hasan entregó las llaves de la plaza. Y en la almena del Alcázar moro ondeó finalmente el pendón de Castilla y León. Juntamente con él, Fernando ordenó erigir el signo de la cruz, según solía hacerlo en todas sus conquistas. La santa cruz era por él considerada como la mejor arma ofensiva y defensiva para sus batallas, porque con ella Cristo había vencido a sus enemigos. Y así en las ciudades que iba conquistando a los moros, inmediatamente hacía enarbolar sobre sus torreones el estandarte de la cruz. El obispo de Osma, y futuro obispo de Córdoba, consagró la mezquita mayor, que es aún hoy uno de los más notables monumentos del arte arábigo, con sus diecinueve naves y más de mil columnas, dedicándola al culto cristiano bajo la advocación de la Asunción de Nuestra Señora. Al día siguiente, Fernando hizo su ingreso solemne en la ciudad. En la mezquita-catedral el obispo celebró un solemne pontifical, tras lo cual se entonó el Te Deum. Fernando III puso su sede en el Alcázar contiguo.

Poco después, Muhammad Ibn al-Ahmar, cuyo reino abarcaba las actuales provincias de Granada, Almería y Málaga, concertó con Fernando varias treguas y tratados, a espaldas de la corte mora. En cierta ocasión se acercó hasta donde estaba el rey de Castilla y le besó la mano en señal de vasallaje. Fernando entró triunfalmente en la ciudad de Jaén e hizo poner sobre un altar la pequeña imagen de la Virgen que lo acompañaba en las batallas, permaneciendo varios meses en dicho lugar.

Un duro asedio 

El momento culminante de las campañas de Fernando fue, sin duda, la conquista de Sevilla. Va de bodas Fernando y es la novia Sevilla.

Doña Berenguela, ya anciana, se había retirado al monasterio real de Las Huelgas, donde murió y fue sepultada. Tras la despedida, Fernando se dirigió decididamente a Sevilla. Para hacer efectiva su conquista, considerada fundamental –el mismo papa Inocencio IV publicó una bula en favor de dicha empresa–, acudieron caballeros no sólo de los reinos de Castilla y León, sino de toda la Cristiandad. El embrujo de la Sevilla mora deslumbraba a aquellos guerreros.

Fernando puso en asedio la ciudad. Sus hombres eran muy poco numerosos, al menos si los comparamos con el inmenso ejército que estaba a las órdenes de Axataf, el jefe moro. El rey católico ordenó que las cosas se dispusiesen como para un largo sitio, de manera que los soldados tuviesen cierta holgura. El campamento de Fernando parecía una nueva ciudad, una especie de Sevilla cristiana, con plazas para las vituallas, e incluso con calles donde se instalasen los artesanos. Asímismo fueron erigidos tres templos para que los soldados pudiesen oír Misa, colocándose en ellos las imágenes de la Virgen que el santo rey solía llevar consigo en las campañas.

Meses y meses duró el asedio, la resistencia persistía y Sevilla parecía inexpugnable. Fernando apeló a todos los medios humanos, pero principalmente recurrió a Dios, el Señor de los Ejércitos. Bajo su cota y su loriga, se puso un áspero cilicio, y tomó disciplina tres veces por semana. Como escribe Ribadeneira, «con esto se vencía primero a sí para vencer a sus enemigos, y sujetaba sus pasiones para dominar las ciudades». 

Los moros, acosados hasta el extremo, entablaron conversaciones. «Venimos a ofrecer el vasallaje de nuestro rey –le dijeron a Fernando–, así como la entrega del alcázar y la mitad de todas las rentas, si levantáis el sitio». Fernando respondió que no cabía capitulación posible en esas condiciones. Esa misma tarde retornaron los emisarios, ofreciendo, además de lo dicho, la mitad de la ciudad, con el compromiso de levantar un muro que dividiese a los dos pueblos, cristiano y moro. Fernando se negó una vez más. «Debéis entregar toda la ciudad, les dijo, con las fortalezas y castillos de su jurisdicción». «Sea como deseáis –le respondieron–, mas permitidnos que antes derribemos la mezquita mayor o al menos su alta torre, para que no sean testigos de nuestra desgracia». Al oír esto, el infante don Alfonso, apasionado de las bellezas artísticas, pidió al rey licencia para contestar: «Tened por cierto que si una sola teja falta de la torre o un solo ladrillo de la mezquita, rodarán por tierra todas las cabezas de los moros que hay en la ciudad».

Los sitiados tuvieron que consentir. Tras la capitulación, Fernando les concedió un mes para liquidar sus bienes y disponer la partida a donde más les agradase. Trescientos mil moros salieron de la ciudad. Axataf entregó al rey las llaves de Sevilla sobre una de las cuales estaba escrito en árabe: «Permita Dios que sea eterno el imperio del Islam». Se dice que cuando se alejaba de la ciudad, al ver a lo lejos su silueta, cubiertos los ojos de lágrimas exclamó: «¡Oh grande y noble ciudad, tan fuerte y tan poblada, y defendida con tanto valor y heroísmo! Sólo un santo ha podido vencerte y apoderarse de ti».

Sevilla conquistada para Sta. María

Para hacer su entrada triunfal, eligió el rey el 23 de noviembre, ya que en dicho día habían sido trasladados los restos de San Isidoro desde Sevilla a León. Abrían la marcha los grandes maestres de las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava, Alcántara, San Juan y el Temple, seguidos de los caballeros que las integraban; luego los obispos de la zona, juntamente con sus clérigos. Tras ellos, el carro triunfal con la imagen de Nuestra Señora de los Reyes, a la que Fernando atribuía principalmente su victoria; a ambos lados de dicho carro y sobre blancos potros, el rey y su esposa, doña Juana. Luego los infantes y el legado pontificio. Estaban allí presentes San Pedro Nolasco, fundador de la Orden de la Merced, y San Pedro González, de la Orden de Predicadores, que habían animado a las tropas durante el asedio.

Recorriendo aquellas calles estrechas y tortuosas de la Sevilla se dirigieron a la mezquita mayor, previamente purificada y convertida en iglesia. Luego de colocarse en el templo la santa imagen de Nuestra Señora, sobre el mismo carro triunfal, hecho en forma tal que podía servir de altar, se entonó el Te Deum, en acción de gracias por la restitución a la Cristiandad de aquella nobilísima ciudad de la Giralda y del Guadalquivir, después de 535 años que había estado en poder de los infieles. Fernando puso su residencia en el alcázar moro donde, desde la capitulación, ondeaba la enseña del rey de Castilla.

Un gobernante preocupado por su pueblo

Sin embargo no se limitó a combatir y vencer. Se impuso, asimismo, la tarea de gobernar con la equidad propia de un caudillo católico. Luego de conquistar Sevilla, para poner un ejemplo, se preocupó tanto por lo espiritual como por lo temporal. En lo que toca a lo primero, trató de favorecer la conversión de sus nuevos súbditos, y al tiempo que dotaba con real munificencia la catedral, colaboró con la Iglesia para la multiplicación de monasterios y colegios. Con el mismo tesón se aplicó al gobierno político. La primera urgencia era repoblar la ciudad. Así lo hizo, otorgando grandes ventajas a quienes a ella viniesen, con lo que españoles de toda la Península acudieron para afincarse en Sevilla, supliendo a los moros fugitivos. Particularmente generoso se mostró con los doscientos caballeros que más se habían señalado en la conquista de la ciudad, dando a cada uno de ellos el galardón correspondiente a sus méritos.

Trajo también de otros lugares un buen número de artesanos y expertos en todo género de artes, con lo que la ciudad recuperó pronto su antiguo lustre. Ésta fue una política habitual en él: poblar y colonizar inteligentemente los territorios conquistados.

Una cruzada sin límites

Fernando había logrado llegar al mar Mediterráneo. Sin embargo su espíritu de guerrero cruzado no le permitió darse por satisfecho con lo cumplido. Cuando estaba proyectando dirigirse al África, como quien prosigue el ímpetu de su Cruzada en dirección a Tierra Santa, reconquistando en su transcurso zonas antiguamente cristianas y ocupadas por el enemigo de la cruz, Fernando se sintió seriamente indispuesto. 

SanFernandoIIIMuerteAsí mueren los santos

Tenía entonces cincuenta años, pero su cuerpo estaba desgastado por tantas preocupaciones y combates. Le trajeron el Santo Viático, y cuando oyó el sonido de la campanilla, bajó del lecho, se puso de rodillas, y tomando en sus manos un crucifijo, lo besó repetidas veces; luego, recorriendo los pasos de la pasión de Cristo, encareció la misericordia y piedad de su Señor, y se acusó de su mala correspondencia y grandes culpas, tras lo cual confesó su fe y recibió el santo sacramento. Luego hizo que retirasen de su cámara todas las insignias reales, queriendo significar con ello que delante de Jesucristo no hay otro rey, o que en la muerte todos son iguales, los reyes y los vasallos, los grandes y los pequeños, los ricos y los pobres, pues todos mueren desnudos como nacieron.

Rogó entonces que le pusieran una vela encendida en la mano, y levantando los ojos al cielo dijo: «Señor, dísteme reino, honra y poder sin merecimientos. Todo cuanto me diste te entrego, y te pido, al entregarte mi alma, que seas servido de usar con ella de tu divina misericordia». Luego se volvió a los circunstantes y humildemente les pidió que si a algunos de ellos los había agraviado en algo, le perdonasen. Mandó después a los sacerdotes que entonasen las letanías de los santos y el Te Deum, y al segundo verso de este himno, cerró apaciblemente sus ojos para siempre. Era el 30 de mayo de 1252. 

Divulgose la muerte del santo rey por todo el mundo, y tanto el Papa como los reyes y príncipes cristianos quedaron consternados. Incluso los infieles mostraron su dolor. Alhamar, rey de Granada, al enterarse de ello, mandó hacer en su reino grandes demostraciones de condolencia, y envió cien moros nobles, ricamente vestidos, para que con cirios blancos asistiesen a sus exequias.

El pueblo lo canonizó espontánea e inmediatamente, llamándolo Fernando el Santo; jurídicamente fue declarado tal en el siglo XVIII.