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Confío en Ti. Diálogo de un alma con Jesús de la Misericordia.

  • Publicado en Orando

INTRODUCCIÓN:

Confio en Ti

Para grabar en nuestros corazones las palabras del Salmo 136 que nos recuerdan “que es eterna la misericordia del Señor”, la Fundación EUK Mamie – HM Televisión creó este programa especial titulado: “Confío en Ti. Diálogo de un alma con Jesús de la Misericordia”. Hoy se lo ofrecemos en nuestra sección Orando, para que pueda ser utilizado especialmente en momentos de adoración al Santísimo y Horas Santas, aunque también en cualquier momento de oración.

Este “Diálogo” entre Jesús y un alma, se ha escrito tomando como base las anotaciones del Diario de la Divina Misericordia de Sta. Faustina Kowalska. Si bien algunos de los comentarios del alma han sido inventados, las palabras que pronunciará el Señor han sido fielmente respetadas de entre las que dijo el mismo Señor al Apóstol de su Misericordia.

Un texto trabajado y pensado para sumergirnos en la Divina Misericordia, para convencernos de que las entrañas de misericordia de Dios para con sus hijos nunca se cierran.  Un camino para difundir la devoción a la Divina Misericordia, como el mismo Señor pedía: “A las almas que propagan la devoción a Mi misericordia, las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas Juez sino Salvador misericordioso” (Diario 1075).

Consideramos que el momento más propicio para usar este “Diálogo de un alma con Jesús de la Misericordia” es ante el Santísimo expuesto. Les ofrecemos ahora varías propuestas de utilización. Si se opta por proyectar el vídeo, deberá cuidarse mucho la posición de la pantalla, de forma que el Santísimo Sacramento no resulte desplazado ni ofendido de ninguna forma posible.

 



PROPUESTA PRIMERA

para utilizar el “Diálogo de un alma con Jesús de la Misericordia”

1.- Exposición del Santísimo del modo acostumbrado.

2.- Monición de entrada:

Queridos hermanos y hermanas:

Cuántas veces hemos herido el Corazón de nuestro Señor con nuestra desconfianza en su Divina Misericordia. Cuántas veces hemos dudado del perdón de nuestro Dios y hemos olvidado que el Señor está siempre dispuesto a perdonarnos. En este momento de oración, nos postramos ante nuestro Salvador para pedirle perdón por todos nuestros pecados, de manera especial, por nuestras desconfianzas en su misericordia. El mismo Jesús explicó a Santa Faustina que cada vez que pedimos perdón, glorificamos su misericordia.

Entremos en este “Diálogo de un alma con Jesús de la Misericordia” con una gran confianza, no como espectadores sino como protagonistas. Escuchemos con atención pues, aunque el Señor hablaba en ese momento a Santa Faustina, esta noche esa alma somos cada uno de nosotros.

3.- Visualización del vídeo:



4.- Tiempo de oración personal:

No basta solo escuchar las palabras del Diario de la Misericordia, por hermosas que estas sean: es necesario que el alma permanezca en silencio ante su Redentor, para que esas palabras puedan resonar en su interior, transformando el corazón de piedra en un corazón de carne (cfr. Ez 36,23). El silencio es el ambiente habitual en el que Dios puede hablar a nuestra alma.

5.- Bendición final.

 



PROPUESTA  SEGUNDA

para utilizar el “Diálogo de un alma con Jesús de la Misericordia”


La propuesta segunda es igual a la primera pero, en vez de proyectar el vídeo, se deja oír solo el audio.

 



PROPUESTA  TERCERA

para utilizar el “Diálogo de un alma con Jesús de la Misericordia”


La propuesta tercera es igual a la primera pero, en vez de proyectar el vídeo, se lee el texto:

 “Diálogo de un alma con Jesús de la Misericordia”

- El Alma: (leemos todos juntos): ¡Señor!, ¿Estás ahí? Quiero hablarte.
- Jesús: La paz sea contigo, hija Mía. Te escucho, estás en Mi Corazón.
- El Alma: Señor, me pongo en tu presencia para adorarte, para decirte que te quiero y para reconocer mi triste indignidad.
- Jesús: Oh alma, habla con tu Dios que es el Amor y la Misericordia Misma. Escucha la voz de tu Padre misericordioso. Dime, hija Mía, ¿por qué tan frecuentemente te veo abatida?, ¿qué significa esta tristeza y cuál es su causa?
- El Alma: Señor, mi tristeza se debe a que a pesar de mis sinceros propósitos, caigo continuamente en los mismos errores. Hago los propósitos por la mañana y por la noche veo cuánto me he desviado de ellos. Hoy he decidido ejercitarme en cierta virtud, pero he caído en el defecto contrario diez veces más que otros días. Ahora reflexionaba acerca de por qué me ha sucedido esto.
- Jesús: Ves, hija Mía, lo que eres, y la causa de tus caídas está en que cuentas demasiado contigo misma y te apoyas muy poco en Mi. Pero esto no debe entristecerte demasiado, estás tratando con el Dios de la Misericordia. Tu miseria no la agotará, además no he limitado el número de perdones.
Si no hubiera sucedido esta pequeña imperfección, no habrías venido a Mí. Has de saber que cada vez que vienes a Mí humillándote y pidiendo perdón, Yo derramo sobre tu alma una inmensidad de gracias y tu imperfección desaparece ante Mí, y veo solamente tu amor y tu humildad.  No pierdes nada, sino que ganas mucho. Yo quiero verte siempre como una niña pequeña.  Hija, dame tu miseria porque es tu propiedad exclusiva.
- El Alma: Si, lo sé, pero me asaltan grandes tentaciones y tengo muchas dudas. Además, todo me irrita y desanima.
- Jesús: Hija Mía, has de saber que el mayor obstáculo para la santidad es el desaliento y la inquietud injustificada que te quitan la posibilidad de ejercitarte en las virtudes. Todas las tentaciones juntas no deberían ni por un instante turbar tu paz interior, y la irritabilidad y el desánimo son los frutos de tu amor propio.  No debes desanimarte sino venir a Mí para pedir perdón y procurar que Mi amor reine en lugar de tu amor propio. Por lo tanto, confianza, hija Mía. Yo estoy siempre dispuesto a perdonarte.  Cada vez que Me lo pides, glorificas Mi misericordia.
- El Alma: Yo reconozco lo que es más perfecto y lo que Te agrada más, pero me enfrento a grandes obstáculos para cumplirlo.
- Jesús: Hija mía, la vida en la tierra es una gran lucha por Mi reino, pero no tengas miedo, porque no estás sola. Yo te respaldo siempre, así que apóyate en Mi brazo y lucha sin temer nada.
- El Alma: ¡Pero es que tengo tantas miserias!
- Jesús: ¿Por qué habrías de disputar Conmigo sobre tu miseria? Quédate tranquila, hija Mía, precisamente a través de tal miseria quiero mostrar el poder de Mi misericordia.  El amor allana el abismo que hay entre Mi grandeza y tu nulidad.
Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo entero. ¿Quién ha medido Mi bondad? Por ti bajé del cielo a la tierra, por ti dejé clavarme en la cruz, por ti permití que Mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, y abrí la Fuente de la Misericordia para ti.  Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido.
Así que no hables más de tu miseria, porque Yo ya no Me acuerdo de ella. Escucha, hija Mía, lo que deseo decirte: Estréchate a Mis heridas y saca de la fuente de la vida todo lo que tu corazón pueda desear.  Bebe copiosamente y no pararás durante el viaje. Mira el resplandor de Mi misericordia y no temas a los enemigos de tu salvación. Glorifica Mi misericordia.
- El Alma: Entonces, ¿es posible que haya todavía misericordia para mí?
- Jesús: Hija Mía, tienes el derecho a Mi misericordia. Permíteme actuar en ti, en tu pobre alma; deja entrar en ella los rayos de la gracia,  que introducirán luz, calor y vida. ¿Ves los dos rayos pintados en mi cuadro? Significan la Sangre y el Agua. El rayo pálido simboliza el Agua que justifica a las almas. El rayo rojo simboliza la Sangre que es la vida de las almas. Ambos brotaron de las entrañas más profundas de Mi misericordia cuando Mi Corazón agonizante fue abierto en la cruz por la lanza.
Estos rayos protegen a las almas de la indignación de Mi Padre. Bienaventurado quien viva a la sombra de ellos, porque no le alcanzará la justa mano de Dios. Deseo que el primer domingo después de la Pascua de Resurrección sea la Fiesta de la Misericordia. La humanidad no conseguirá la paz hasta que no se dirija con confianza a ella.
- El Alma: Cuando te miro en esta imagen, me penetra sobre todo tu mirada.
- Jesús: Mi mirada en esta imagen es igual a la mirada en la cruz. Con el cuadro, ofrezco a los hombres un recipiente con el que han de venir a la Fuente de la Misericordia para recoger gracias. Ese recipiente es esta imagen con la firma: Jesús, en Ti confío.
- El Alma: ¿De qué formas puedo ejercitarme en la misericordia con el prójimo, Señor?
- Jesús: Te doy tres formas: la primera, la acción; la segunda, la palabra; la tercera, la oración. En estas tres formas está contenida la plenitud de la misericordia y es el testimonio irrefutable del amor hacia Mí. De este modo el alma alaba y adora Mi misericordia. El primer domingo después de Pascua es la Fiesta de la Misericordia, pero también debe estar presente la acción y pido se rinda culto a la imagen que ha sido pintada. A través de ella concederé muchas gracias a las almas. Ella ha de recordar a los hombres las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil. 
Así, todas las almas que adoren Mi misericordia y propaguen la devoción invitando a otras almas a confiar en ella, no experimentarán terror en la hora de la muerte. Mi misericordia las protegerá en ese último combate. Yo las protejo durante toda su vida como una madre cariñosa protege a su niño recién nacido y a la hora de la muerte no seré para ellas Juez, sino Salvador misericordioso, aunque sus pecados sean como escarlata. En esta última hora, el alma no tiene nada en su defensa fuera de Mi misericordia.  Feliz el alma que durante la vida se ha sumergido en la Fuente de la Misericordia, porque no la alcanzará la justicia. Si la humanidad doliente se abraza a Mi Corazón misericordioso, Yo la llenaré de paz.
- El Alma: Oh Jesús mío, ayúdame en todo, porque ves lo pequeña que soy. Por eso, cuento únicamente con Tu bondad.
- Jesús: Yo siempre estoy contigo, aunque te parezca que no esté.
- El Alma: Es verdad. A veces me parece que no estás cerca de mi.
- Jesús: Sí, hija Mía, Me escondo detrás de tu director espiritual. Él se ocupa de ti según Mi voluntad, respeta cada palabra suya como si fuera Mía propia; él es el velo detrás del cual Me escondo. Tu director espiritual y Yo somos uno.
- El Alma: Señor, ¿de qué manera ayuda a mi alma el sacramento de la confesión?
- Jesús: Cuando te acercas a la confesión, a esta Fuente de Mi Misericordia, siempre fluye sobre tu alma la Sangre y el Agua que brotó de Mi Corazón y ennoblece tu alma. Así que cada vez que vas a confesarte, sumérgete toda en Mi misericordia con gran confianza para que pueda derramar sobre tu alma la generosidad de Mi gracia. 
En esos momentos debes saber que Yo Mismo te espero en el confesionario, sólo que estoy oculto en el sacerdote, pero Yo Mismo actúo en tu alma. Pregúntale todo con sencillez a tu confesor y Yo te contestaré por su boca.
Él te ayudará a cumplir Mi voluntad en la tierra. Como tú te comportarás con el confesor, así Yo Me comportaré contigo. 
- El Alma: Entonces, ¿debo llevar a otras almas a la confesión?
- Jesús: Sí, di a las almas que de esta Fuente de la Misericordia sacan gracias exclusivamente con el recipiente de confianza del que te he hablado. Si su confianza es grande, Mi generosidad no conocerá límites. Cuando los pecadores se dirigen a Mi misericordia, Me rinden la mayor gloria y es un honor para Mi Pasión. Cuando las almas exaltan Mi bondad, Satanás tiembla y huye al fondo mismo del infierno.
- El Alma: ¿Dónde hemos de buscar consuelo, Señor?
- Jesús: Las almas donde han de buscar consuelo es en el tribunal de la misericordia;  allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. Para obtener este milagro no hay que hacer una peregrinación lejana ni celebrar algunos ritos exteriores, sino que basta acercarse con fe a los pies de Mi representante (un sacerdote) y confesarle con fe su miseria, y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud, aunque un alma fuera como un cadáver descomponiéndose y todo estuviese ya perdido.  No es así para Dios.  El milagro de la Divina Misericordia restaura a esa alma en toda su plenitud.  ¡Oh infelices que no disfrutan de este milagro de la Divina Misericordia! Lo pedirán en vano cuando sea demasiado tarde.
Por eso, las almas no deben poner obstáculos en sus propios corazones a Mi misericordia que desea muchísimo obrar en ellos. Tanto el pecador como el justo la necesitan. La conversión y la perseverancia son las gracias de Mi misericordia. Mi gracia no se pierde, si el alma para la cual está destinada no la acepta, la recibe otra alma.
-El Alma: Señor, ¿qué te hiere?
-Jesús: La desconfianza en Mi bondad desgarra Mis entrañas. Los pecados de desconfianza son los que Me hieren más penosamente. Aún más Me duele la desconfianza de las almas elegidas, que a pesar de Mi amor inagotable, no confían en Mí.  Ni siquiera Mi muerte ha sido suficiente para ellas.  ¡Ay de las almas que abusen de ella!
Que los más grandes pecadores pongan su confianza en Mi misericordia. A estas almas les concedo gracias por encima de lo que piden.  Antes de venir como juez justo, abro de par en par la puerta de Mi misericordia. Así, quien no quiere pasar por la puerta de Mi misericordia, tiene que pasar por la puerta de Mi justicia. Soy más generoso con los pecadores que para los justos. Por ellos he bajado a la tierra, por ellos he derramado Mi sangre. Que no tengan miedo de acercase a Mí, son los que más necesitan Mi misericordia. El alma que confía en Mi misericordia es la más feliz porque Yo Mismo tengo cuidado de ella.
-El Alma: Entonces, ¿la confianza es importante?
-Jesús: Sí, deseo que las almas se distingan por una confianza sin límites en Mi misericordia. Yo Mismo Me ocupo de la santificación de estas almas, les daré todo lo que sea necesario para su santidad. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá. Las almas que confían sin límites son Mi gran consuelo. Me alegro de que pidan mucho, porque Mi deseo es dar mucho, muchísimo.  Me pongo triste, en cambio, si las almas piden poco, estrechan sus corazones.
- El Alma: Señor, conozco Tu santidad. Sin embargo, ¡soy tan pobre! Continúo teniendo miedo de que no me perdones mi gran número de pecados, y mi miseria me llena de temor.
- Jesús: Has de saber, oh Alma, que todos tus pecados no han herido tan dolorosamente Mi corazón como tu actual desconfianza. Después de tantos esfuerzos de Mi amor y Mi misericordia, no te fías de Mi bondad. ¿Por qué tienes miedo, hija Mía, del Dios de la Misericordia? Mi santidad no Me impide ser misericordioso contigo. Mira, alma, por ti he instituido el trono de la misericordia en la tierra y desde él deseo bajar a tu corazón. No Me he rodeado ni de séquito ni de guardias, tienes el acceso a Mí en cualquier momento, a cualquier hora del día deseo hablar contigo y deseo concederte gracias.
En cada alma cumplo la obra de la misericordia, y cuanto más grande es el pecador, tanto más grande es el derecho que tiene a Mi misericordia. Quien confía en ella no perecerá porque todos sus asuntos son Míos y los enemigos se estrellarán a los pies de Mi escabel. ¿Ves lo débil que eres?, ¿cuándo podré contar contigo?
- El Alma: Señor, oigo Tu voz que me llama a abandonar el mal camino, pero no tengo ni valor ni fuerza.
- Jesús: Yo soy tu fuerza, Yo te daré mi fuerza para luchar.
- El Alma: Jesús, en ti confío.
- Jesús: Me son agradables tus esfuerzos, oh Alma que tiendes a la perfección.
- El Alma: Jesús, quédate siempre a mi lado, porque soy Tu niña pequeñísima.
- Jesús: Los torrentes de Mi gracia inundan las almas humildes. Los soberbios permanecen siempre en pobreza y miseria, porque Mi gracia se aleja de ellos. Has de saber que el alma pura es humilde, cuanto te humillas y te anonadas ante Mi Majestad, entonces te persigo con Mis gracias, hago uso de la omnipotencia para enaltecerte. Haz mi corazón capaz de amarte.
- El Alma: ¡Oh Señor!, siento que mi corazón se llena de Tu amor, que los rayos de Tu misericordia han penetrado mi alma. Heme aquí, Señor, que voy a responder a Tu llamada, voy a conquistar las almas sostenida por Tu gracia. Estoy dispuesta a seguirte, Señor, hasta el Calvario. Deseo traer las almas a la Fuente de Tu Misericordia para que en todas se refleje el resplandor de tus rayos, para que la casa de nuestro Padre esté llena, y cuando el enemigo comience a tirar flechas contra mí, Tu misericordia me cubra como un escudo.
- Jesús: Con cuánta alegría se llena Mi Corazón cuando vuelves a Mí. Te veo muy débil, por lo tanto te tomo en Mis propios brazos y te llevo a casa de Mi Padre. Ahora sé que no Me amas por las gracias ni por los dones, sino porque Mi voluntad te es más querida que la vida.

 

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Yo la cuidaré

"Yo soy el amor y la misericordia misma; no existe miseria que pueda medirse con mi misericordia, ni la miseria la agota, ya que, desde el momento en que se da, mi misericordia aumenta. El alma que confía en mi misericordia es la más feliz, porque yo mismo tengo cuidado de ella" (Diario de Santa Faustina Kowalska, nº 1273).

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