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Mostrando artículos por etiqueta: Vocación - EUK Mamie

El sacerdote: Llamado con infinita misericordia

D. Juan Miguel Prim nos cuenta su vocación, la llamada de Dios al sacerdocio. La gracia de encontrar —en el grupo parroquial del que formaba parte— jóvenes y sacerdotes que le ayudaron en el crecimiento de su vida espiritual, fue el comienzo de hacer propia la fe recibida en la familia y el despertar de la vocación.

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Firmes en la Verdad: Sembradores de esperanza

En Firmes en la Verdad hablamos con el recién ordenado P. Alberto Orozco, exalumno del Seminario Conciliar de México en Tlalpan. El P. Alberto nos cuenta cómo realizó un vídeo para la Pastoral Vocacional del seminario que lleva por título «Sembradores de esperanza». El desarrollo de este proyecto le ayudó a ver que «el fruto lo da Jesús, y Dios es el que nos hace prósperos».

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El sacerdote: Necesidad de la oración

Mons. Kevin Doran nos habla del peligro que tiene el sacerdote de distraerse con la actividad de su misión principal, la de pertenecer totalmente a Jesucristo. Nos habla también de su devoción al rezo del Santo Rosario como manera de volverse a lo esencial. 

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El sacerdote: Ven y sígueme

Última entrega de «El sacerdote», con el P. Martín Mª Prado. El «ve, vende lo que tienes y sígueme» sigue resonando en los corazones de muchos jóvenes que han sido llamados desde la eternidad para pertenecer a Dios. Este valiente misionero nos anima a dar un «Sí» como el de María, fiados en la gracia de Jesucristo.

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El sacerdote: Danos santos sacerdotes

D. David Calahorra nos habla de la importancia del sacerdocio en cuanto que el sacerdote es el medio para acercar a los hombres a Dios, para comunicarles la vida verdadera. Cuenta también el testimonio de dos mujeres que ofrecieron todos sus sufrimientos por los sacerdotes.

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Martirio ¿una locura?

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El «Proyecto Despierta» presenta desde  EUK Mamie el último clip sobre los cristianos perseguidos. Esta vez nuestro protagonista es el P. Ragheed Ganni, mártir católico de la Iglesia Católica Caldea en Irak. Muere a los 34 años, el 3 de junio de 2007, asesinado por integristas del Estado Islámico.


Martirio, nota distintiva de la Iglesia de Cristo

En el Bautismo somos insertados a Cristo: el signo expresa con propiedad nuestra muerte y el renacimiento a una nueva vida en Cristo. Pero, al ser bautizados, somos unidos a Cristo de tal manera que somos llamados a vivir en nuestra vida la vida de Jesús y, por ende, todo bautizado ha sido llamado a asumir su condición martirial al estilo de Cristo, que desde el inicio de su vida, tomó la cruz hasta  morir en ella: «Quien quiera seguirme, que cargue con su cruz de cada día y que me siga». De la imitación de Cristo y de la unión con Él  y con su misión, se deriva el que la Iglesia tenga una espiritualidad martirial.

La Iglesia tiene espiritualidad martirial, es más, esto pertenece a su esencia. Y la historia constata este hecho. En los dos milenios que llevamos de cristianismo, han muerto setenta millones de cristianos a causa de su fe. De estos, el 65% fueron asesinados en el siglo XX. Se cumplen así las palabras de la Virgen en Fátima, que le dijo a los pastorcitos que el siglo XX sería un siglo de grandes persecuciones contra la Iglesia. Pero la cosa continúa, porque se calcula que en el siglo actual mueren cada año unos 100.000 cristianos, y según la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE), cada 5 minutos es asesinado un cristiano por causa de su fe.


Una vida llena de sentido

La palabra mártir significa testigo de un hecho, o de una verdad. En el Nuevo Testamento, esta expresión adquiere un matiz más profundo, ya que el testigo lo es también de la fe en esa Verdad que le ha sido revelada, testimoniándola si es necesario hasta con el derramamiento de su sangre. «Quien quiera guardar su vida la perderá , pero el que  pierda su vida por Mí, la encontrará» (Lc 9, 24; Mt 16, 25; Mc 8, 35).

Muchos hombres viven acorde a alguna ideología, o según los paradigmas de ciertas filosofías, los hay que son admiradores de ciertos artistas,  pensadores, políticos, deportistas… pero ninguno o casi ninguno estaría dispuesto a dar la vida por estos aspectos o personas a las que siguen. Es que, en realidad, nada de eso da sentido a su vida, simplemente la complementan. Sin embargo, el verdadero cristiano tiene la gracia inmensa de poder decir que vive por Alguien y para Alguien que da pleno sentido a su vida y, con tal intensidad, que estaría dispuesto a testimoniar —incluso con la entrega de su propia vida— que la fe en Jesucristo es el mayor de los tesoros. El martirio es el acto más perfecto de la caridad, porque la defensa de esta fe es guiada por el supremo amor que se tiene a Jesús.

 

¿No tienes vocación de mártir?

Escuchar en la actualidad de labios de un cristiano expresiones como: «No tengo vocación de mártir», denotan la falta de conocimiento de lo que es en realidad la esencia del cristianismo. No es que la gente de los primeros siglos estuviesen hechos de una pasta diferente, o que tuviesen una voluntad férrea capaz de enfrentar cualquier dificultad. El quid de la cuestión está en que ellos entendían qué es ser cristiano y las consecuencias de esto, y muchos cristianos actuales no. Parecen haber olvidado que Jesús anunció la persecución a los cristianos: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me odió antes que a vosotros… Si me persiguieron a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15, 18-21). Por lo tanto, no debemos esperar un falso irenismo con respecto del mundo, ni buscar conciliaciones a costa de la traición a nuestro propio ser. No se trata de masoquismo, se trata de fidelidad a Jesucristo. La apostasía manifiesta o camuflada es el gran mal de nuestros días. La renuncia al martirio de cada día produce tristeza, vacío, sinsentido, y finalmente traición, abandono. Por el contrario, el que vive en clave martirial, goza de los aspectos propios de la vida del mártir que son:


Algunos  distintivos de los mártires

Según las actas y los testimonios encontrados sobre los mártires, hay una serie de rasgos comunes que se viven no solo en el acto de entrega supremo, sino también en la vida cotidiana. Estos rasgos son:
•    Alegría. Lo vemos en la Escritura. Cuando a los apóstoles les pegaban por predicar a Jesús muerto y resucitado, ellos salían alegres de haber sido considerados dignos de sufrir algo por Cristo. Los primeros cristianos morían alegres en el circo cantando aleluyas en medio de las fieras y los tormentos a los que se veían sometidos.   

    Victoria de Cristo. El martirio es una nueva victoria de Jesús en la vida de sus mártires. Él es quien da la fuerza  para vivir y morir de ese modo. Jesús, en sus mártires, prolonga su victoria sobre los tres enemigos del alma.   

•    Derrota del Diablo. La lucha no es contra los hombres, sino contra el poder de las tinieblas. Sta. Perpetua, en la cárcel, tuvo una visión y decía: «Entendí que mi combate no había de ser tanto contra las fieras sino contra el Diablo».

•    Preparación para el combate. El martirio no se improvisa. El cristiano se prepara para el combate final mediante la lucha diaria a la que se prepara con la Eucaristía, la  oración, el crecimiento en las virtudes, el ayuno…

•    Esperanza de la resurrección. La fe en la resurrección es clara en los mártires que  dan testimonio de que no mueren para siempre, pues les espera la vida eterna.

•    Fortaleza. Es una de las virtudes cardinales y uno de los dones del Espíritu Santo que más patentes se hacen en la vida de los mártires.

•    Agradecimiento. El mártir agradece a Dios el don de poder expresar su amor por Él  hasta el extremo aceptando los sufrimientos y tormentos que le esperan.


Para que pienses:

- ¿Por qué en la actualidad se ve en muchas personas y ambientes eclesiales una evitación sistemática del martirio? ¿Cuáles son las causas?

- ¿Conoces a alguien que haya muerto mártir en nuestros días?

- ¿Estarías dispuesto a dar la vida por defender tu fe?

- ¿De qué modo se persigue actualmente a los cristianos? ¿Tú estás siendo perseguido?

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Hna. Guadalupe SSVM: Su vocación

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El “En Portada"de esta semana en HM Televisión cuenta una invitada excepcional. Se trata de la Hna. María de Guadalupe Rodrigo, del Instituto de las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará, a la que los cristianos sirios –perseguidos y acosados por el Estado Islámico- llaman “su embajadora”.

En efecto, la religiosa de origen argentino que vivió, en primera persona y desde sus primeros momentos, el estallido de la actual violencia en Siria, ha recorrido el mundo dando testimonio de lo que realmente ha pasado y pasa en Siria. A su paso por los estudios de la Fundación EUK Mamie-HM Televisión, donde grabó un emocionante testimonio para “Tras las Huellas del Nazareno”, nos contó también la historia de su llamada, la historia de su vocación.

Quien ahora conoce a esta valiente y generosa misionera, no puede ni imaginar que –en sus años universitarios- la Hna. María de Guadalupe era, como Santa Teresa de Jesús, “enemiguísima de ser monja”. A pesar de las reticencias iniciales, cuando se decidió, hubo una idea clave que la ayudó a encontrar la congregación a la que ahora pertenece: “No, yo no voy a dejar todo para tenerlo todo de nuevo, porque entonces para eso no lo dejo y sigo en mi casa. Si dejo todo, ¡dejo todo!”.

Escúchenlo de sus propios labios en este “En Portada”.


Soy la Hna. María de Guadalupe. Nací en Argentina, en una ciudad que se llama Villa Mercedes, provincia de san Luis. Soy la mayor de cinco hermanos. Nací en una familia de una gran fe: una familia cristiana en la que aprendimos a vivir la fe de manera natural… Así como crecíamos físicamente, crecíamos en la fe. Para nosotros fue realmente tan natural, como todo lo demás que aprendíamos en casa, habituados a la misa diaria, con mis padres, al rosario diario en familia… Pero aún así, no es que yo ya pintaba para monja… ¡Para nada! No lo había pensado nunca. En realidad, no tenía tampoco referentes: no conocía religiosas. (…) Y la verdad es que la idea que tenía de las religiosas era bastante negativa… “Pero, ¿qué hacen las monjas?”, me decía. Y la verdad es que no se me ocurría… Decía: “Bueno, allí aburridísimas en el convento. Será que no les queda otra opción. No se pudo casar, pobre… al convento. Tuvo problemas o era muy fea, pobrecita, tan fea, tan fea, que se entró en el convento”. Bueno, esas son las ideas que tenía, y causa gracia ahora, pero… Es la idea que tiene mucha gente sobre la vida religiosa y sobre las monjas.
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Llevaba una vida muy normal. Por supuesto, estaba en los grupos de la parroquia. Me gusta mucho la música, el canto, tenía el coro parroquial. Hacíamos misiones, trabajaba en Caritas, hacíamos campamentos... Pero llevaba una vida muy social también, muy activa, muchos amigos, me gustaba mucho salir. Por supuesto, la época en que -¡gracias a Dios!- me tocó vivir de juventud, con diversiones muy sanas, con mis amigos, con los amigos de la parroquia, del colegio… Tengo recuerdos muy hermosos de eso. Y, la verdad, es que con el temperamento que tenía, con mi forma de ser, pensaba que de ninguna manera podría encajar con ser monja, que para mí era una cosa, como digo, más bien estar calladita, triste, y aburrida. Pero bueno, terminé el colegio secundario y empecé la universidad. Empecé a estudiar Economía. Y yo me daba cuenta de que mi camino no estaba definido… Yo me daba cuenta de que estudiaba, me iban muy bien los estudios, todo bien en la parroquia, con mis amigos, ya tenía mi auto… Es decir, todo iba en teoría bien, pero era llegar a la noche, irme a dormir y pensar: “¿Esto es todo? ¿Esto va a ser siempre todo?”

Sentía el corazón inquieto y vacío de alguna manera, aún cuando eran todas cosas buenas las que hacía, pero no llenaban. Y cuando pensaba: “Bueno, yo voy a tener una familia, me voy a casar con una buena persona, voy a tener muchos hijos…” Y, la verdad es que me parecía poco. Me parecía que yo quería abrazar más: ¡a todo el mundo! No solamente a una familia, sino a todos, y no sabía cómo hacerlo. No sabía de qué se trataba todo este sentimiento que tenía. Entonces fue cuando me propuso el sacerdote de mi parroquia hacer un retiro, ejercicios espirituales ignacianos, que yo nunca había hecho. Yo también tenía ciertos prejuicios con estas cosas, porque decía: “Yo a estos retiros no voy, porque ya sé como es allí. Les llevan las chicas, y después, lavado de cerebro y salen todas monjas. Yo estoy muy bien así”. Pero bueno, tanto me insistió que finalmente el último día dije: “Bueno, voy porque realmente me cansó de tanto que me insistió. Voy a ir a los ejercicios espirituales, pero yo les advierto que, en el momento en que el sacerdote empiece a hablar de la vocación y de la vida consagrada, y empiece con su trabajito de… Yo me levanto y me voy”. Y me dice: “Bueno, como quieras, perfecto”.

Fui a los ejercicios. No me acuerdo si hicimos tres o cuatro días de ejercicios… Yo estaba sentada al final. Así… desafiante, esperando en qué momento el cura hablara algo y lanzara su dardo. Por supuesto, las meditaciones de los ejercicios según el programa de los ejercicios espirituales de san Ignacio. El primer día nada, segundo día y pensaba: “Bueno, aquí seguro, seguro que…Y nada, ni una palabra de la vocación, pero ni una palabra. Ya me empecé a preocupar. Y el tercer día pensé: “No puede ser que no diga nada de la vocación. Tiene que hablar de la vocación”. Y yo estaba realmente molesta de que no hablara finalmente del tema. Entonces fue cuando llegaron los últimos puntos de meditación, que es la “Contemplación para alcanzar amor”. Cuando va a empezar el sacerdote la charla, yo dije: “Aquí se viene, en la última, porque es entonces cuando uno ya viene de tres días de rezar, y ya está: «Bueno, ¡qué hermoso esto!» Y allí ya: «Sácate, lo mejor para tu vida es que seas religiosa, y entonces la vida consagrada…» Y digo: Aquí viene seguro”. Y nada. Y yo entonces, ya realmente estaba desesperada, y me fui a capilla con el “Libro de los Ejercicios, y leí de la elección de estado, y cómo es esto de la vocación. Y me di cuenta de que yo misma estaba escapando, queriendo huir de lo que Dios en realidad me estaba pidiendo y que yo -en el fondo- estaba deseando tanto y tan ardientemente. Fue un instante que no voy a olvidar nunca, y tan íntimo y personal que ni siquiera puedo explicarlo. El llamado que Dios hace a la vida consagrada es distinto y único para cada uno, y es tan difícil hasta expresarlo. Pero yo, en ese momento, tuve una felicidad increíble, impresionante, y comprendí que mi camino era ese: que tenía que entregarme al Señor completamente y que iba a ser feliz. Entendí que allí se llenaba mi corazón, y que de esa manera iba a abrazar a todo el mundo. Salí de los ejercicios con una felicidad… Estaba tocando el cielo con las manos. Se reían, porque claro, de los veinticinco jóvenes que hicimos los ejercicios, la única que salió monja fui yo.
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Y bueno, paso un tiempo, unos meses… Y esto también siempre se lo cuento a los jóvenes que están pensando o haciendo discernimiento sobre la llamado de Dios, de que hay que tener en cuenta que el diablo se juega en esos últimos momentos, antes de concretar la vocación, porque el diablo mejor que nosotros sabe el bien que puede hacer una consagrada en la Iglesia, en el mundo, y entonces saca toda la artillería en esos últimos momentos. Y yo recuerdo que vine tan contenta, tan consolada… Pero llegaron momentos de duda, y de: “Pero bueno, ¿y dejarlo todo? ¿Y la familia? ¿Y los estudios? ¿Y la parroquia?” Y bueno pero, …. Y entonces empecé a pensar en soluciones intermedias: “Bueno, hago más apostolado en la parroquia, voy a otro grupo parroquial, y después todos mis hijos van a los grupos parroquiales, y voy a ser una misionera laica viviendo en familia. Y tantas otras cosas que quería yo, como compensar un poco, como dejarle contento a Dios y no tener que hacer semejante entrega. Porque al momento de concretar el sí, se me hacía difícil.

Y entonces pensé en una trampa, pensé hacerle una trampa a Dios. Pensé: “Bueno, voy a hablar con mis padres y les voy a contar la noticia de que quiero ser religiosa. Me van a decir que no. Es lo más probable, que me digan que no, que no les parece. Aparte de que era una cosa como nueva en la familia. Y cuando me digan que no… “¿Qué voy hacer Señor? No me dejan, no me lo permiten mis padres. Yo quería realmente, pero no me lo permiten mis padres. ¡Qué lastima!” Así que, fui a hablar con mis padres y les dije: “Bueno, recuerden que hace unos meses hice unos ejercicios espirituales, y me he dado cuenta de una manera muy clara que Dios me llama a la vida consagrada, a ser religiosa”. Y mis padres dicen: “¡Ay, qué bendición de Dios!” Y yo dije: “Ay, se me acabaron las excusas”.

Bueno, y allí me di cuenta que: “Basta, basta de escapar. No puedo seguir  huyendo y escapando y llorando por cada pequeña mínima cosa que tengo que dejar”. Empecé a buscar una congregación. Recuerdo que visité muchísimas congregaciones, muchísimas… Entre ellas la congregación a la que pertenezco. Y una de las cosas que me llamó la atención, y por la cual me sentía realmente como en casa, y me dije: “Sí, este es mi lugar”, fue que me llamó mucho la atención la pobreza de las hermanas. Un lugar tan precario, tan simple, tan pobre, pasando tantas necesidades las hermanas de esta naciente congregación, y la alegría que tenían junto a esa pobreza.

Yo recuerdo que, al visitar conventos, yo pensaba: “No, yo no voy a dejar todo para tenerlo todo de nuevo, porque entonces para eso no lo dejo y sigo en mi casa. Si dejo todo, ¡dejo todo!”. Eso fue lo que pude experimentar realmente al entrar en la Congregación del Verbo Encarnado, el poder vivir eso, que han sido las gracias que el P. Carlos Buela, fundador de nuestra congregación, pidió y siempre pide para nosotros: “pobreza y la persecución”, que ciertamente hemos vivido y vivimos. Y, de regalo, viene la alegría, esa alegría que Dios nos da en la vida religiosa de una manera tan misteriosa.

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