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Oriente sigue aprendiendo, esta vez se encuentra con un figura rota, que le cuenta quién es y por qué ha llegado allí. Aunque no lo entiende del todo, gracias a san Gabriel le queda claro que somos nosotros los que las rompemos y que aun así, la misericordia de Dios es tan grande que nos perdona.

 

 

 

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