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Lucía Gómez creció en una familia católica, pero en la adolescencia se declaró atea. Se casó, pero sufrió mucho de maltratos. Incansable viajera, en sus andanzas por el mundo aprendió a leer el café, a echar tarot y hasta se compró una ouija. Llegó a su casa una au pair católica, y entonces empezaron a pasar cosas muy peculiares en su casa. Continuará...

 

 

 

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