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Óscar Darío Ariza era un niño muy religioso, hasta el punto de llegar a plantearse la vocación a la vida consagrada. Poco a poco se fue descolgando y, tras su matrimonio, comenzó a frecuentar la Iglesia evangélica. Un viaje a Roma y una Misa en el Vaticano fueron los instrumentos que el Señor aprovechó para traerlo de nuevo a casa.

 

 

 

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