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Para qué tanta prisa

«Para qué tanta prisa» es la historia, narrada por una de sus protagonistas, María, de dos amigas que peregrinan por varios lugares de Europa. Una de ellas, Marta, que hasta ese momento vivía una vida mediocre, comienza a ser tocada por la gracia, hasta que descubre que tiene que entregar su vida a Dios. Una historia donde se entremezclan batallas interiores y divertidas anécdotas, risas y momentos de desaliento... hasta que el Señor la desarma del todo.

Para qué tanta prisa: Venecia, 7 de agosto (13)

En este capítulo de «Para qué tanta prisa», durante su estancia en Venecia, María y Marta comienzan a hablar sobre películas, y María aprovecha para contarle a Marta una historia inventada sobre cómo fue el final de la vida del joven rico, una vida llena de tristeza por no haber seguido al Maestro. Marta se da cuenta del fracaso de ese hombre, pero viéndose reflejada en él, prefiere cambiar de tema.

Para qué tanta prisa: Verona, 6 de agosto (12)

En este capítulo de «Para qué tanta prisa», Marta le confiesa a María la realidad de por qué tiene tanto miedo a entregarse a Dios, y es que, está enamorada. Por eso piensa que Dios no le puede pedir otra cosa. María le dice que eso es normal, que todas las personas se enamoran, pero que si Dios le pide la virginidad, también le dará la fuerza para poder vivirlo.

Para qué tanta prisa: Verona, 5 de agosto (11)

En este capítulo de «Para qué tanta prisa», María y Marta están en Verona y visitan la ciudad. Después de un rato, Marta parece agotada y deciden descansar en un camping. Comienzan a conversar sobre la voluntad de Dios respecto de cada hombre y cómo una vocación no es ni mejor ni peor que la otra, sino que llegaremos a la santidad si hacemos aquello que Dios tiene pensado para nosotros.

Para qué tanta prisa: 5 de agosto, en el tren (10)

En este episodio de «Para qué tanta prisa», Marta y María están en el tren. Hablan de cómo los padres tienen que ser generosos si Dios llama a uno de sus hijos porque es un regalo. Cuentan numerosas historias de padres modelo. Los padres tienen que acompañar a sus hijos, aconsejarles, pero no pueden impedir que sus hijos sigan el camino que Dios quiere para ellos.

Para qué tanta prisa: Roma, 5 de agosto (9)

Mientras visitan Santa María la Mayor, en Roma, Marta experimenta algo tan profundo delante de una imagen de la Virgen, que se queda como absorta el resto del día. María lo llama el comienzo de su «viaje a María». Después de largo rato, Marta suelta lo que lleva dentro: tiene miedo a entregar su vida. María le dice que su vida pertenece a Dios, y que Él entregó Su vida en la Cruz por ella.

Para qué tanta prisa: Roma, 3 de agosto (8)

En este capítulo de «Para qué tanta prisa», mientras nuestras protagonistas toman un café en la ciudad de Roma, Marta no deja de pensar en todas las críticas y dificultades que va a sufrir si responde a una hipotética vocación que «claramente ella no tiene». Su amiga María la pide no adelantarse a los acontecimientos y no preocuparse tanto por «el qué dirán».

Para qué tanta prisa: Roma, 3 de agosto (7)

Marta y María están cerca del Panteón, en Roma, y están muertas de hambre. Marta se para delante de una «trattoria» que tiene pizzas de todos los sabores y le suplica a María que compren una. María le advierte que no tienen dinero, pero finalmente le convence. Después, mientras están en el Circo Máximo, hablan sobre la cantidad de personas que entregaron allí sus vidas por el Señor.

Para qué tanta prisa: Roma, 1 de agosto (6)

En este capítulo de «Para qué tanta prisa», Marta y María han llegado a Roma y comienzan a hablar de la santidad. María afirma que para ser santos hace falta querer. Pero Marta no quiere saber la voluntad de Dios, sino que quiere que Dios apruebe sus planes. Se conforma con lo mínimo y piensa que es suficiente.

Para qué tanta prisa: Florencia, 31 de julio (5)

Marta y María salen de Florencia en tren. Las horas pasan mientras tocan la armónica, juegan a las cartas y, como siempre, hablan mucho. Marta piensa que es una persona muy buena, y que no necesita preguntarse qué quiere Dios de ella. Cree que lo que está experimentando es fruto de la casualidad. María le explica que la casualidad no existe, que nada ocurre que a Dios se le escape.

 

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