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Miércoles, 17 Julio 2019 11:00

Testigos de la esperanza: Inmaculada Vidal y Juan Bautista Hernández

Inmaculada y Juan esperaban su tercera hija cuando recibieron una trágica noticia: la pequeña María tenía anencefalia, una malformación congénita incompatible con la vida. Los médicos aconsejaron reiteradamente el aborto, pero ellos sabían que el aborto no era solución, al revés, que el mayor sufrimiento comenzaría con el aborto. Inmaculada y Juan decidieron cuidar y amar a su hija hasta el momento en que el Señor se la quisiera llevar. Ahora recuerdan el nacimiento de María como uno de los momentos más llenos de amor de su vida y tienen la certeza de haber cumplido con ella su misión como padres.

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  • «Señor, ayúdame. Yo no quiero matar a mi hija». Inmaculada y Juan esperaban su tercer hijo cuando, en la revisión de las doce semanas, reciben una trágica noticia: María, la niña que esperan, tiene anencefalia, una malformación congénita incompatible con la vida. Ante una situación así, los médicos aconsejan el aborto. Pero, Inmaculada y Juan, pusieron toda su confianza en Dios, pidiendo al Señor que la niña naciera viva para poder bautizarla. Y como Dios no se deja ganar en generosidad, María nació viva, pudo ser bautizada y, en el último amén del Rosario, como si Nuestra Madre la tomara en sus brazos, María se fue al Cielo.

     

     

 

 

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