Este semana se sube al tren Manolo Gómez, de Cuenca (España). Manolo nos cuenta cómo creció sin fe y sin necesidad de Dios. Durante su juventud le gustaba ir de discotecas y salir por la noche. Se casó por la Iglesia, pero no era consciente de lo que suponía esto. Después de poco tiempo, se quedó sin trabajo, con una niña pequeña y una hipoteca. Por consejo de su suegro, se hizo pastor de ovejas. Era un trabajo duro, pero Dios lo usó para entrar en su vida. En el camino por donde llevaba a las ovejas había una ermita muy pequeña que no tenía imagen, le dio pena y, aunque no era muy religioso, empezó a tener trato con la Virgen. Aquí nos cuenta cómo Dios se hizo presente en su vida hasta convertir también a su mujer. Les sostuvo y les ayudó a vivir con esperanza en medio de sus sufrimientos. Les hizo comprender y aceptar que Dios siempre quiere nuestro bien y que solo tenemos que ponernos en sus manos.

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El hermano Mateo, procedente de Uruguay, nace en una familia practicante. Crece con la idea de que la juventud es para pasárselo bien, pues cuando uno va creciendo todo esto se termina. Los estudios le van mal, el ambiente donde se mueve no es muy católico, y poco a poco se va cerrando más, dejando a Dios en el último lugar. Su ranking era: primero, el deporte; segundo, los estudios; tercero, la familia; y por último, si se acordaba, Dios. La invitación de su madre a un retiro de Semana Santa, le hizo volver a Dios y comenzar una lucha por la autenticidad, dejando las fiestas y buscando buenas amistades. Descubre finalmente cómo pasa a plantearse la vocación después de dejar de tener a Dios en un rincón.
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